Anales de la RANM

121 A N A L E S R A N M R E V I S T A F U N D A D A E N 1 8 7 9 AUTISMO Y PSICOSIS EN EL SIGLO XXI Crespo-Facorro B An RANM. 2025;142(02): 121 - 122 AUTISMO Y PSICOSIS EN EL SIGLO XXI: MÁS ALLÁ DE LAS ETIQUETAS DIAGNÓSTICAS AUT I SM AND PS YCHOS I S I N THE 21S T C ENTURY: BE YOND D I AGNOS T I C L ABE L S Benedicto Crespo-Facorro 1,2,3 1. Department of Psychiatry, University of Seville, Virgen del Rocio University Hospital, Sevilla. 2. Spanish Network for Research in Mental Health (CIBERSAM). 3. Translational Psychiatry Group, Seville Biomedical Research Institute (IBIS), CSIC, Sevilla. Autor para la correspondencia Benedicto Crespo-Facorro Department of Psychiatry, University of Seville, Virgen del Rocio University Hospital, Sevilla E-Mail: bcrespo@us.es DOI: 10.32440/ar.2025.142.02. ed01 Enviado: 09.05.25 | Revisado: 12.05.25 | Aceptado: 10.06.25 E D I T O R I A L La psiquiatría de precisión propone sustituir los modelos diagnósticos categoriales por una estratificación basada en perfiles neurobi- ológicos y trayectorias individuales. La clasifi- cación americana de las enfermedades mentales (DSM) ha sido útil como marco administrativo, pero que carece de fundamento en la biología del cerebro (1). La psiquiatría necesita taxonomías basadas en causas, no en síntomas. Las etiquetas DSM —como esquizofrenia o autismo— no son más que síntomas agrupados por costumbre que comparten poco entre sí en términos biológicos. Las categorías del DSM carecen de poder predic- tivo y escasa utilidad terapéutica. En su lugar, debemos promover la investigación y el futuro uso de biomarcadores —biopsia liquida, neuroim- agen, genética…— para definir subgrupos clínicos significativos (2). Un desafío adicional que enfrenta la clasificación de los trastornos del espectro autista (TEA) es distinguir entre diferencia y patología. El movimiento por la neurodiversidad sostiene que no todas las formas de funcionamiento neurocog- nitivo constituyen una enfermedad (3). Baron- Cohen (4) propone distinguir entre los casos que implican sufrimiento y aquellos que son simple- mente formas distintas de procesar el mundo. El movimiento por la neurodiversidad sostiene que no todas las formas de funcionamiento neurocog- nitivo constituyen una enfermedad. Esta distin- ción evita la sobremedicalización y promueve una psiquiatría más respetuosa. Recientes trabajos, han reforzado la necesidad de abandonar las categorías diagnósticas unificadas, defendiendo en su lugar una visión plural del trastorno del espectro autista (5). En su propuesta, se plantea que el autismo no debe concebirse como una única entidad clínica, sino como un conjunto de condiciones hetero- géneas —los “autismos”— con trayectorias del desarrollo, mecanismos biológicos y necesidades clínicas diferenciadas. Esta postura se alinea con el creciente consenso en neurociencia traslacional de que la estratificación diagnóstica, basada en perfiles genéticos, neurocognitivos y funcionales, es indispensable para avanzar hacia una psiqui- atría de precisión más útil y respetuosa. Lejos de simplificar, este enfoque abraza la comple- jidad inherente de la experiencia humana, subray- ando que la diversidad no debe ser forzosamente medicalizada, sino comprendida dentro de marcos éticos y científicos más amplios. En el caso del TEA, recientes investigaciones han confirmado que esta no es una entidad única, sino una constelación de fenotipos con bases biológicas diversas. (6-8). Se cree que tanto los factores genéticos como los ambientales influyen en el desarrollo del TEA. La etiología del TEA no se comprende bien y se considera muy hetero- génea dada la diversidad de factores subyacentes y la variación individual en la expresión fenotípica (9). En el ámbito de las psicosis, las limitaciones del modelo diagnóstico del DSM se hacen especial- mente evidentes. Los sistemas actuales tienden a ignorar la complejidad fenomenológica y biológica que caracteriza estos trastornos. Necesi- tamos abandonar categorías rígidas en favor de un enfoque dimensional, avanzando hacia clasifica- ciones que incorporen trayectorias longitudinales, biomarcadores y factores de riesgo compartidos entre diagnósticos para dejar atrás el reduccion- ismo categorial que ha dominado la psiquiatría durante décadas (10). Esta necesidad también se evidencia en investigaciones llevadas a cabo en el programa PAFIP, que han mostrado la alta inesta- bilidad diagnóstica en los primeros episodios psicóticos. Suárez-Pinilla y cols. (11) identificaron que, mientras los diagnósticos de esquizofrenia tendían a mantenerse en el tiempo, otros como los trastornos esquizofreniformes o psicóticos breves eran notablemente más cambiantes. A ello se suma el seguimiento longitudinal de 21 años de Peralta y cols. (12), que reveló que menos de la mitad (47,7 %) de los diagnósticos iniciales se conservaban sin modificaciones, lo que refuerza la urgencia de un replanteamiento conceptual y clínico profundo. Los datos provenientes del TEA y las psicosis coinciden: las categorías del DSM ocultan subgrupos clínicamente significativos. Existen biomarcadores estructurales, funcionales y genéticos que permiten identificar perfiles con

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