Anales de la RANM

235 A N A L E S R A N M R E V I S T A F U N D A D A E N 1 8 7 9 LA SALUD MENTAL DE LA POBLACIÓN INFANTO-JUVENIL Rodríguez-Torres Á, et al. An RANM. 2025;142(03): 233 - 238 señala que más del 40% de los alumnos asocian el riesgo de acoso con “comportarse diferente” (17). Los jóvenes con trastornos del neurodesa- rrollo o patologías psiquiátricas tienen un riesgo significativamente mayor de verse implicados en el acoso: como víctimas (OR 2,85 en acoso y OR 2,07 en ciberacoso), agresores (OR 2,42 y OR 1,91, respectivamente) o víctima-agresores (OR 3,66 y OR 1,85, respectivamente), en comparación con sus pares sin estas condiciones (18). El acoso escolar se asocia estrechamente con problemas de salud mental, incrementando la probabilidad de desarrollar ansiedad, psicosis, depresión, conductas suicidas o adicciones [19]. Sus efectos también se extienden a la salud física: las víctimas presentan mayor riesgo de diabetes tipo 2, accidentes cerebrovasculares e infartos de miocardio, vinculados a la acumulación de factores como obesidad, inflamación crónica o hipertensión, lo que supone una disminución de la esperanza de vida (19). Asimismo, el acoso predice peor situación laboral y exclusión social en la adultez (19). Al mismo tiempo, los jóvenes con problemas de salud mental son más vulnera- bles a la victimización. Se ha encontrado que el rechazo por parte de los compañeros constituye un importante factor de riesgo de autorrechazo (20), problemas de autorregulación emocional (21), depresión (22) y conductas antisociales o autodestructivas (20,23,24). Esta relación es bidireccional: los problemas socioemocionales previos pueden aumentar la probabilidad de ser rechazado, y la experiencia de rechazo intensifica dichas dificultades (11,12). En las últimas décadas, el acoso ha traspasado el ámbito físico para expandirse por medios digitales, dando lugar al ciberacoso (25,26). Este fenómeno puede ser más nocivo por su permanente accesi- bilidad, anonimato y capacidad de viralización. La difusión de agresiones por redes sociales y la indiferencia de los testigos agravan su impacto emocional. Además, muchos agresores digitales presentan desconexión moral o son víctimas en su entorno familiar (26). Aunque se tiende a pensar que el ciberacoso es un fenómeno indepen- diente, los datos indican que suele coexistir con el acoso tradicional. Solo el 1% del alumnado sufre exclusivamente ciberacoso, según Wolke et al. (27). Una revisión paraguas publicada en 2025 sintetiza la evidencia más robusta disponible sobre la victimización por ciberacoso en niños y adolescentes. En cuanto a los factores de riesgo, la revisión identifica como predictores más consistentes el uso intensivo de redes sociales, la baja supervisión parental, la presencia de dificul- tades emocionales previas y, especialmente, la coexistencia de acoso escolar tradicional. Por el contrario, el apoyo social de iguales, un clima escolar positivo, la supervisión parental activa y el desarrollo de habilidades socioemocionales actúan como factores protectores fundamen- tales. Respecto a las consecuencias, el cibera- coso se asocia de forma consistente con síntomas de depresión, ansiedad y estrés postraumá- tico, conductas autolesivas, conductas suicidas, baja autoestima y peor rendimiento académico, presentando un impacto transdiagnóstico sobre el bienestar. Por último, sugiere que las interven- ciones más efectivas son las de carácter multicom- ponente, que combinan acciones en la escuela, la familia y el entorno digital (28). INTERVENCIONES EN EL ENTORNO EDUCATIVO Las escuelas representan un entorno clave para la promoción de la salud mental infantoju- venil. Al ser espacios donde los menores pasan más de mil horas anuales y dado que la escola- rización es universal, ofrecen oportunidades únicas para implementar estrategias preventivas y de promoción del bienestar. En esta línea se encuentra la recomendación de la OMS de ofrecer servicios de salud mental dentro de entornos ecológicos como colegios y lugares de trabajo, lo cual representa un enfoque innovador y necesario (5,29). Según dicha recomendación, se enfatizan los siguientes puntos: 1. Promover el bienestar desde la prevención y los entornos naturales. 2. Abordar determinantes sociales y estructu- rales, no solo síntomas clínicos. 3. Trabajar desde una perspectiva intersectorial, con políticas integradas y recursos humanos formados. 4. Incluir la voz de personas con experiencia vivida en la planificación. Numerosas investigaciones han demostrado la eficacia de intervenciones escolares integrales, especialmente aquellas que promueven la inclusión, el respeto y la participación activa del alumnado en la mejora de la convivencia escolar (30). Asimismo, diversos metaanálisis señalan que los programas escolares bien diseñados pueden reducir la prevalencia de acoso entre iguales en torno a un tercio y mejorar indicadores globales de salud mental (30); los componentes más robustos de dichos programas son: aprendizaje socioemo- cional, entrenamiento en habilidades de resolu- ción pacífica de conflictos, fomento de la empatía, normas escolares claras y participación activa de las familias. Las investigaciones estiman que las intervenciones anti-acoso escolar en entornos educativos aportan un PIN de 147 en cuanto a la efectividad sobre acoso escolar y un PIN de 107 en cuanto a la efectividad sobre la salud mental (30). El PIN (Population Impact Number) es un indicador utilizado en medicina para expresar cuántas personas en la población deben estar expuestas a una intervención o un tratamiento para evitar un evento adverso en una persona; cuanto más baja es la cifra, mayor es el impacto de la intervención a nivel poblacional. Cabe destacar la magnitud de las cifras PIN expuestas en comparación con prácticas estandarizadas como

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