Anales de la RANM
132 A N A L E S R A N M R E V I S T A F U N D A D A E N 1 8 7 9 SUICIDIO EN POBLACIÓN INFANTO-JUVENIL Arango C An RANM. 2026;143(02): 132 - 133 SUICIDIO EN POBLACIÓN INFANTO- JUVENIL. ES TIEMPO DE ACCIÓN SUICIDE IN CHILDREN AND ADOLESCENTS: TIME TO ACT Celso Arango 1,2,3,4 1. Hospital Universitario La Paz, IdiPAZ. 2. Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Madrid. 3. Centro de Investigación Biomédica en Red de Salud Mental (CIBERSAM). 4. Académico de Número de la Real Academia Nacional de Medicina de España - Psicología Médica. Autor para la correspondencia Celso Arango López Real Academia Nacional de Medicina de España C/ Arrieta, 12 · 28013 Madrid Tlf.: +34 91 547 03 18 | E-Mail: secretaria@ranm.es DOI: 10.32440/ar.2026.143.02 .ed01 Enviado: 10.03.26 | Revisado: 14.03.26 | Aceptado: 10.04.26 E D I T O R I A L Cuando solo queda el suicidio, nada queda. El suicidio en población infantojuvenil es un fenómeno contra natura: representa la máxima expresión del fracaso absoluto. Fracaso de una sociedad que no ha sabido proteger, acompañar ni ofrecer esperanza a sus jóvenes; fracaso colec- tivo de un mundo que, con demasiada frecuencia, exige más de lo que cuida, escucha o comprende. Lejos de ser un fenómeno aislado, el suicidio en niños y adolescentes se ha convertido en una emergencia silenciosa de dimensiones globales. En España, las cifras muestran una tendencia preocu- pante. Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística reflejan un incremento sostenido de las muertes por suicidio en adolescentes durante la última década (1). El suicidio es ya la primera causa de muerte externa entre adolescentes y jóvenes en nuestro país, por encima de los accidentes de tráfico (2). De hecho, mueren más adolescentes por suicidio que por cáncer o accidentes, una realidad devastadora que debería sacudir la conciencia social y política de manera inmediata. La situación no es exclusiva de España. La Organi- zación Mundial de la Salud viene alertando desde hace años de que el suicidio constituye una de las principales causas de muerte entre los jóvenes a nivel internacional (3). Tras la pandemia, numerosos países han observado un aumento del malestar emocional, de las autolesiones y de las conductas suicidas en adolescentes, especialmente entre las chicas (4). La combinación de vulnera- bilidad psicológica, incertidumbre vital, presión académica, aislamiento social, acoso escolar, dificultades familiares y exposición constante a redes sociales crea un escenario especialmente complejo para una generación que, paradójica- mente, nunca había estado tan conectada y tan sola al mismo tiempo. No existe una única causa que explique el suicidio. Se trata de un fenómeno multifactorial en el que interactúan factores biológicos, psicológicos, familiares, educativos y sociales (5). Los factores de riesgo en menores no son exactamente los mismos que en adultos, y las conductas suicidas en adolescentes presentan características diferen- ciales en cuanto a impulsividad, intencionalidad y letalidad (6). Los trastornos mentales, especial- mente la depresión, la ansiedad, los trastornos de conducta alimentaria o el abuso de sustan- cias, aumentan el riesgo. Pero también lo hacen la violencia, el bullying, la discriminación, el abuso, la pobreza, la soledad o la falta de vínculos afectivos sólidos. Reducir el suicidio única- mente a un problema psiquiátrico sería un error. Muchas veces el sufrimiento surge de contextos sociales profundamente dañinos que terminan por destruir la esperanza. Por ello los países que tienen ambiciosos planes nacionales contra el suicidio con dotación económica para los mismos, lo que no es el caso del nuestro, abordan esta lacra de forma transversal. El mensaje más importante que se puede dar en este contexto es que el suicidio se puede prevenir. La evidencia científica demuestra que la detec- ción precoz, el acceso rápido a atención especia- lizada, la intervención comunitaria, el aprendi- zaje socioemocional y la creación de entornos protectores disminuyen el riesgo de forma signi- ficativa (7,8). La prevención en salud mental debe comenzar precozmente, actuando sobre factores ambientales, educativos y sociales antes de que aparezca la enfermedad o la conducta suicida, mediante estrategias integrales y sostenidas en el tiempo (8). Hablar —de forma correcta— sobre el suicidio no induce a cometerlo; al contrario, rompe el silencio, reduce el estigma y facilita que quienes sufren pidan ayuda. Por ello, el suicidio infantojuvenil debe abordarse como lo que realmente es: un problema prioritario de salud pública. Hacerlo exige mucho más que aumentar recursos sanitarios, aunque estos sean imprescindibles. Se necesitan planes ambiciosos, coordinados y transversales que impliquen a sanidad, educación, servicios sociales, medios de comunicación, justicia y políticas de juventud. Es imprescindible reforzar la salud mental en escuelas y centros de atención primaria, reducir el acoso escolar y la discriminación, formar a docentes y familias, limitar contenidos dañinos en redes sociales, y garantizar espacios seguros de escucha y apoyo para niños y adolescentes.
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