Anales de la RANM
142 A N A L E S R A N M R E V I S T A F U N D A D A E N 1 8 7 9 EL PACIENTE ACTIVO Díaz-Rubio García M An RANM. 2026;143(02): 136 - 144 Ante este panorama de "datos y más datos", el choque en la consulta suele ser inevitable. El paciente, pertrechado con la información de la IA, puede llegar a enfrentarse al médico acusándolo de estar desactualizado. La erosión de la relación médico-paciente es manifiesta, fundamentada en la mutación del histórico "paciente obediente" hacia un "paciente experto" y sumamente exigente, como hemos señalado en otro lugar (2). Aspectos éticos y conclusiones La participación activa de los pacientes en la investigación y su empoderamiento es un foco de constante debate y controversia (13,28,30). Uno de los mayores desafíos éticos que plantea esta práctica radica en la atribución de responsabili- dades. La gran pregunta es: si un individuo realiza un autoexperimento basándose en las recomen- daciones de una IA (por ejemplo, modificando la dosis de un fármaco según sus registros de sueño y ritmo cardíaco) y el resultado es adverso, ¿quién es el responsable? ¿El paciente que ejecutó la acción o el desarrollador del algoritmo que la sugirió? Analizar en profundidad los principios éticos aplicables requeriría una monografía independiente que excede los límites de este artículo. Sin embargo, es indudable que la autoexperimentación es uno de los temas más candentes de la bioética contem- poránea. Mientras los médicos y científicos están estrictamente regulados por Comités de Ética, no existe ningún tipo de control o regulación para los individuos que realizan estos estudios por su cuenta, amparados en el derecho de autonomía sobre su propio cuerpo. Recientemente (31) se ha señalado la gran brecha regulatoria que existe entre Estados Unidos y Europa. Mientras la UE prohíbe la publi- cidad directa de medicamentos con receta al consu- midor —asumiendo que los pacientes necesitan orientación médica en su sistema de salud público—, Estados Unidos adopta la postura opuesta. Bajo la guía de la FDA de 1997, las farmacéuticas estadou- nidenses pueden anunciarse directamente al público en televisión, medios impresos y digitales. Como resultado, en 2005 la industria gastaba cerca de 30.000 millones de dólares anuales en publicidad, superando en ocasiones su inversión en investiga- ción y desarrollo. Sin duda hechos como este inciden en las prácticas de empoderamiento, investigación y autoexperimentación por parte de los pacientes. Los cuatro pilares de la bioética tradicional — autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia— se ven directamente cuestionados por esta y otras muchas prácticas. Poner trabas a lo que, en última instancia, constituye una decisión de índole personal es sumamente complejo. No obstante, plataformas serias como Patients- LikeMe o Patient-Led Research Collabora- tive intentan establecer salvaguardas éticas a través de estrictos descargos de responsabilidad, la intervención de moderadores cualificados y sistemas de reputación interna. Expertos en bioética proponen que cualquier autoexperimento debería someterse a un proto- colo mínimo para ser considerado éticamente aceptable, bajo los principios de transparencia (publicar tanto éxitos como fracasos), supervi- sión (involucrar al menos a un profesional médico para monitorizar las constantes vitales) y consenti- miento informado colectivo , si procede. A pesar de esto, muchos pacientes se rebelan ante cualquier intento de control ético institucional, argumen- tando situaciones extremas como las de enfermos terminales que deciden de forma desesperada probar un fármaco investigado por ellos mismos. Para ello, se amparan en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales **** , que reconoce el derecho de toda persona a benefi- ciarse del progreso científico. Aun así, existe un consenso generalizado de que es imprescindible poner límites en situaciones de extrema vulnerabilidad o ante riesgos biológicos desproporcionados, como la edición genética casera con CRISPR. El vacío legal que existe en muchos países representa un peligro de primer orden. Por esta razón, algunos Estados ya han tomado medidas: Alemania impone severas multas e incluso penas de cárcel por realizar experimentos genéticos fuera de laboratorios autorizados, y la FDA en Estados Unidos advierte de forma explícita que la comercialización de kits de terapia génica casera es ilegal. En un artículo reciente publicado en el Journal of Medical Ethics (14) se propone un algoritmo para ayudar a los editores de revistas científicas a decidir si deben publicar estudios derivados de la autoexperimentación de pacientes, estableciendo la obligación ética de rechazar y denunciar los casos deshonestos. Ya en su obra clásica Who Goes First? The Story of Self-Experi- mentation in Medicine , Lawrence K. Altman (32) proponía que las revistas contaran con un modelo formal de aceptación para evaluar la necesidad, la validez científica y la competencia del investi- gador en este tipo de autoexperimentos. Un “algoritmo ético” que contemplara la necesidad del experimento, validez científica y por supuesto la competencia del investigador. En definitiva, el debate está abierto y los expertos en bioética deben seguir profundizando en él. Nos encontramos ante una tendencia al alza de la autoinvestigación por parte de los pacientes, un fenómeno cualitativamente diferente de la automedicación tradicional. Esta experimentación se presenta cada vez más estructurada y madura cuando se canaliza a través de comunidades digitales serias que respetan rigurosamente ciertos principios éticos y metodológicos. La medicina y la ciencia oficial están comenzando a reconocer el inestimable valor de los datos generados directa- mente por los pacientes. Estas aportaciones, con sus lógicas limitaciones metodológicas, podrán **** Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Cultura- les. Aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 16 de diciembre de 1966 (Resolución 2200A/XXI).
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