Año 2018 · Número 135 (02)

Enviado: 10.04.18
Revisado: 20.04.18
Aceptado: 22.05.18

El profesor Carlos Jiménez Díaz y la Real Academia Nacional de Medicina

Professor Carlos Jiménez Díaz and the Spanish Royal Academy of Medicine

DOI: 10.32440/ar.2018.135.02.rev01

Ver en PDF

Resumen

El profesor Carlos Jiménez Díaz ha sido una de las figuras más importantes de la medicina española. En 1932 fue elegido Académico de Número de la Academia Nacional de Medicina, aunque no tomó posesión de su sillón hasta 1956. Razones de índole científica, la Guerra Civil Española, y dilaciones sin sentido de la Junta Directiva atrasaron su ingreso. Se relatan de forma resumida las razones que llevaron a todo ello, que afectaron al prestigio de la Academia, privándola de la presencia de Jiménez Díaz durante muchos años.

Abstract

Professor Carlos Jiménez Díaz has been one of the most important figures in Spanish medicine. In 1932 he was elected Academic of Number of the National Academy of Medicine, although he did not take possession of his armchair until 1956. Scientific reasons, the Spanish Civil War, and senseless delays of the Board of Directors delayed his entrance. They summarize the reasons that led to all this, which affected the prestige of the Academy, depriving it of the presence of Jiménez Diaz for many years.

Palabras clave: Academia; Jiménez Díaz.

Keywords: Academy; Jiménez Díaz.


INTRODUCCIÓN

La Real Academia Nacional de Medicina de España rinde hoy homenaje de gratitud y recuerdo al profesor Don Carlos Jiménez Díaz. Una figura irrepetible, olvidada por las nuevas generaciones, que cambió la forma de entender y hacer nuestra ciencia.

Mi admiración por el profesor Carlos Jiménez Díaz y su obra, fue temprana y sin duda impulsada por la pasión hacia él de mi padre, el profesor Manuel Díaz Rubio, uno de sus primeros discípulos que también alcanzó muy joven la cátedra y que sería además Académico de esta Corporación. Además de ello fui alumno interno de Don Carlos. Tenerle como profesor de Patología y Clínica Médicas durante los años de carrera y estudiar su obra completó el asombro que me producía su figura. En lo más íntimo queda el profundo sentimiento de afecto a quien fue también mi padrino de bautismo, y su mujer Conchita mi madrina.

Debo reconocer que cuando fui Presidente de la Academia, un imborrable honor que me concedisteis, me propuse no solo dedicarme de lleno a esta obligación que nadie me imponía, sino a estudiar en profundidad la historia de la Academia. La impresionante obra de nuestro querido y nunca olvidado Luis Sánchez Granjel (1) sobre la Historia de la Academia, que he leído en más de una ocasión, fue mi referencia.

Como la historia se repite, quería profundizar en ella, para conocerla mejor y no reincidir en errores anteriores, que los hubo y además enormes, los cuales menoscabaron el prestigio de nuestra Institución, además de producir gran insatisfacción en muchos académicos. Los grandes hombres no esconden la crítica y por tanto hay que estar atentos a cuanto dicen y no ampararse en la descalificación. Desgraciadamente seguimos, con toda seguridad, cometiendo equivocaciones e incluso injusticias como antaño. La historia de Jiménez Díaz en la Academia nos enseña una vez más como nuestra Institución debe ser un modelo de autocrítica, excelencia y de ética.

La relación del Profesor Jiménez Díaz con la Academia Nacional de Medicina nace en su época de estudiante al asistir en 1918 a una conferencia sobre Cardiopatías de la plétora dictada por Agustín del Cañizo Garcia, Catedrático de Salamanca que, aunque no era Académico, había sido especialmente invitado (2). Posteriormente asistió en diversas ocasiones y nunca olvidó la sesión de ingreso en la Academia en 1920 de Jacobo López Elizagaray, de quien era alumno interno en el Hospital General.

Sus asistencias a la Academia y admiración a los maestros no era óbice para que con el espíritu científico revolucionario que le caracterizaba como destacado estudiante, realizara, como él mismo reconocía, comentarios y críticas de muchas de las figuras consagradas que se sentaban en estos sillones. Sin duda, y a pesar de ello, la historia, la sabiduría, y el prestigio de la Institución dejaron en esos años honda huella en él y seguro que también el sueño de poder algún día pertenecer a esta Corporación.

Al poco tiempo de acabar la carrera se presentó a uno de los Premios de la Academia con el manuscrito titulado Los procesos del metabolismo celular, el cual no fue de la consideración académica. Un tropiezo que encajó no sin disgusto. Este trabajo, que sería posteriormente editado como libro por la prestigiosa Editorial Científico Médica (2), alcanzó un gran éxito y fue especialmente elogiado por Ramón y Cajal.

El profesor Carlos Jiménez Díaz había nacido en Madrid el 10 de febrero de 1898. Hijo de un modesto comerciante, estudió el bachillerato en el Centro de Instrucción Comercial, y la carrera de medicina en el Hospital de San Carlos de Madrid. La terminó en 1919, siendo en los últimos años alumno interno en el Hospital Clínico y en el Hospital Provincial junto a Jacobo López Elizagaray.

En 1921 obtuvo el grado de doctor con la tesis: Los factores esenciales de la dieta y el crecimiento, para a continuación marchar a Alemania, a Berlín junto a Kraus, Bickel y Heffter y a Frankfurt con de von Noorden y Paul Michelis. A su vuelta, en 1923, con tan solo 25 años ganó por oposición la Cátedra de Patología y Clínica Médicas de Sevilla. Allí sería donde diseñaría lo que sería la obra de su vida: un Centro donde la enseñanza, la asistencia y la investigación fueran un todo fuertemente unido e inseparable (3). Corría el año 1926.

Pero volvamos a la Academia. En 1923 tras obtener la Cátedra de Sevilla, Jesús Sarabia Pardo, Académico de Número, le invita a pronunciar una conferencia en la Academia. Su prestigio, conocimientos, formación y espíritu crítico, impropio de alguien tan joven, produce una gran atracción en nuestra Institución. El título de su conferencia fue: Predisposición constitucional en medicina interna (4). Sin embargo no salió satisfecho como dejó escrito en su discurso de ingreso 33 años después: “Fui amablemente recibido y tratado, y al final generosamente felicitado; pero con la sinceridad que quiero presentarme ante vosotros, no me fui contento. El comentario cortés que dominaba era: ¡cuanto ha leído! y ¡cuánto sabe! (5). En definitiva, todo gentilezas. Pero él, lejos de la autocomplacencia instaurada en el mundo académico, buscaba la crítica que le estimulaba a saber más, a investigar, y a discutir en profundidad. Y dice … ¿Por qué en la vida, científica y literaria, de las Academias no se ha de buscar y facilitar la intervención de los jóvenes? … “. Jiménez Díaz no paraba de estudiar y hacerse preguntas y solo le interesaban aquellas personas que eran como él, y no otras que habían perdido la ilusión y el interés.

En 1927, nuevamente por oposición, ganó la Cátedra de Patología y Clínica Médicas de Madrid en el Hospital Clínico San Carlos. Su prestigio es imparable y la atracción que produce en quienes se acercan a él cautivadora. Es un auténtico torbellino que trabaja como nadie, todo le inquieta, y muy especialmente el enfermo y la investigación. Las enfermedades alérgicas son en ese momento su debilidad, publicando en 1932 un libro clave en su vida El asma y otras enfermedades alérgicas. En 1934 creó el Instituto de Investigaciones Médicas en la Ciudad Universitaria con Departamentos de Anatomía Patológica, Bioquímica, Microbiología y Nutrición y Hormonas. Una novedad que causó admiración en unos y envidia en otros. De alguna forma resultaba una persona incómoda. Nadie le discutía sus capacidades, conocimientos y ganas, pero la medicina de aquella época era más acomodaticia e interesaba más lo formal que lo revolucionario (6).

Sin embargo, la Academia quiere incorporar a los mejores y sabe de sobra quien es el mejor en esos momentos, a pesar de su juventud. A propuesta de José Sánchez Covisa, el 14 de diciembre de 1932 fue elegido Académico de Número, obteniendo 22 votos frente a los 16 que tuvo Ángel Pulido Martín. Otros candidatos fueron José Miguel Sacristán, Antonio Vallejo Nájera y Fernando Enríquez de Salamanca. Sin embargo, no entrega su discurso de ingreso. Tiene sus dudas por el ambiente reinante en la Academia, siendo apercibido en dos ocasiones.
Desde la instauración de la República el ambiente en la Academia no era bueno. El país estaba muy politizado, había continuas algaradas, y la división entre republicanos y monárquicos, izquierdas y derechas, muy manifiesta. Además, como consecuencia de la convocatoria y votación de la plaza vacante tras el fallecimiento de Santiago Ramón y Cajal se enrarece aún más la convivencia. Tras la votación, Pío del Rio Hortega, una de las eminencias más asombrosas de nuestra medicina, quedó desplazado y un grupo de académicos, con Rodríguez Lafora a la cabeza, muestran su desagrado, sumándose entre otros Teófilo Hernando, Marañón y Jiménez Díaz, aunque éste por entonces solo era académico electo. En una cena en desagravio a Rio Hortega, Jiménez Díaz comunicó a los presentes su renuncia a su condición de Académico electo. Previamente la Academia había apercibido a Jiménez Díaz por no entregar el discurso de ingreso en plazo reglamentario, y tras un nuevo apercibimiento y los hechos anteriores entiende que su renuncia es real. A pesar de existir un ambiente tenso y negativo, la Academia decide reiterar la petición de ingreso a Jiménez Díaz encargando a Teófilo Hernando el cometido, y tras una negativa vuelve a encomendar a Teófilo Hernando, esta vez acompañado de Manuel Márquez como hombres buenos, la misión de convencerle. Finalmente, en enero de 1936 acepta ingresar con la condición de que el discurso de contestación fuera realizado por Teófilo Hernando (1).

Sin embargo, el estallido de la guerra civil lo para todo. Don Carlos se marcha en septiembre de 1936 a Londres vía París, adonde vuelve en diciembre e instala consulta. A los pocos meses trata de volver a la zona nacional, pero le advierten que tanto él, como Marañón y Teófilo Hernando, acusados de liberales, no son bien vistos y que ese movimiento está liderado por un antiguo compañero de Facultad, en ese momento presidente del Tribunal de Responsabilidades Políticas, Enrique Suñer, y que a la postre, en 1938, sería nombrado presidente de la Academia Nacional de Medicina. Jiménez Díaz se instaló en Pamplona, luego en San Sebastián en el Hospital de Medicina Interna del Ejército, pasando más tarde por Salamanca, antes de regresar a Madrid al finalizar la guerra civil en 1939.

El 16 de septiembre de 1936, el Gobierno de la República había disuelto todas las Academias y por tanto la Academia de Medicina. En 1937 la Agrupación Profesional de Médicos Liberales obtuvo autorización para celebrar reuniones científicas en la sede de la Academia. En su Boletín recoge: “… celebra su primera reunión en un local histórico, como es la Academia de Medicina de Madrid, que representa lo viejo, lo podrido, lo inepto que se liquidó en 1936” (1,7). Los liberales pisan fuerte. El ambiente, pues, contra las Academias en la España republicana era terrible. Mientras tanto en la Zona Nacional, en Burgos, se crea en 1937 el Instituto de España. Se restituyen las Academias y se nombra presidente de la de Medicina a Enrique Suñer, como queda dicho. La Academia tiene reuniones con escasa asistencia en Burgos, San Sebastián y Salamanca, hasta que en 1941 se reanuda la vida académica en Madrid, con nuevos estatutos. Durante ese tiempo se nombraron diversos académicos con resultados sorprendentes ya que, habiendo 40 sillones de académicos de número antes de la guerra, la nómina de académicos en esos momentos era de 51. Sin embargo, de Jiménez Díaz no se quiso saber nada a pesar de ser Académico electo.

Que Jiménez Díaz no era del agrado de su presidente Enrique Suñer no había duda. Además de Suñer otros compañeros y políticos, tanto antes como después de la guerra, trataron de vetarlo, considerándole un personaje peligroso políticamente. Acusado primero de incorporar a su Instituto a los investigadores judíos Bielchowsky y Agermann procedentes de la Alemania nazi, fue definido como un liberal, y los liberales eran peligrosos (2). En 1939, a su regreso a Madrid, el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas, presidido por Enríquez de Salamanca, le acusó entre otras cosas de haber asistido al banquete-homenaje a Río Hortega profiriendo frases contra los elementos derechistas. En sus alegaciones Jiménez Díaz contesta que tan solo dijo “… no debía en las Academias dejarse prosperar la tendencia de elegir sus miembros entre los más amigos para construir después peñas dentro de las mismas que en realidad trataban solamente de mangonear, sino que el criterio único debía ser el mérito científico”. Son sin duda palabras fuertes que irritan a determinados académicos, aunque otros muchos estaban de acuerdo con él. La división en la Academia era por tanto manifiesta. También el Consejo General de Médicos solicitó a la Academia informes sobre la actuación política anterior a la guerra de los académicos Marañón, Jiménez Díaz, Tello y Teófilo Hernando. Ser liberal y su apoyo a Rodríguez Lafora le pasó factura sin duda (8).

Evidentemente Jiménez Díaz se caracterizaba por tener una mentalidad liberal, aunque para nada entró en política. No le interesaba. Le interesaba el enfermo y la ciencia, pero reconociendo que para conseguir sus objetivos ideales era necesario el pensamiento liberal.

Su gran amigo Pedro Ara escribió sobre él: “Jiménez Díaz no quiso nunca entrar en política … En su fuero interno y en su conducta profesional y social era un liberal, siempre que no se tergiverse el significado de tan noble calificativo. Para Jiménez Díaz, como para Marañón, Fernando de Castro, Cajal, Teófilo Hernando y otros hombres cumbres de la medicina española, ser liberales no significaba pertenecer a un partido político … El ser liberal en nosotros y en nuestros maestros es reconocer a todos el derecho a pensar y actuar libremente, con la debida responsabilidad dentro de un orden, respetando la libertad de los demás … Es anhelar el libre desarrollo de nuestras ideas para que se conviertan ordenadamente en acciones. … Es alojar en el fondo de nuestra conciencia un modo de interpretar los fundamentos de la vida y de sus misterios sin pensar que, en toda otra interpretación o creencia, deba ser forzosamente disparate o herejía. Una actitud así era el sentido liberal de Jiménez Díaz. No hubo nadie que le presentara un proyecto de investigación que no fuera atendido. Con su enciclopédica cultura podía captar inmediatamente si lo proyectado tenía fundamento y si el candidato estaba preparado. Sabido esto, poco le importaba lo demás, si era rico o pobre, de la derecha o de la izquierda, católico o budista” (9).

Libre finalmente de responsabilidades políticas, Jiménez Díaz se entrega al Hospital de San Carlos, comienza a rehacer el Instituto que había quedado desecho durante la guerra, y trabaja mientras tanto en un chalé en la calle Granada, siempre buscando él los recursos económicos. En 1940 fundó la Revista Clínica Española. El Hospital de San Carlos se le queda escaso y a pesar de su dedicación no consigue más camas para la enseñanza. Para complementar esta labor oposita y obtiene en 1943 la plaza de Profesor Clínico del Hospital Provincial de Madrid (10). Sigue publicando, investigando y buscando financiación para construir el gran centro que tenía diseñado en su pensamiento, y en 1944 Franco le recibe en el Pardo y le presenta su proyecto.

Mientras tanto la Academia sigue en silencio. No hay plazas de medicina interna, y aunque era académico electo sigue sin acceder a su sillón. El espíritu del que la había impregnado Enrique Suñer sigue vivo, aunque no todos los académicos eran del mismo parecer. Otras Reales Academias de Medicina no piensan lo mismo y le hacen Académico de Honor, tal es el caso de la de Zaragoza y La Coruña en 1945, la de Sevilla en 1947, la de Valencia en 1949 y la de Granada en 1952. Pasan los años y el prestigio de Jiménez Díaz aumenta por días. Se olvida de la Real Academia Nacional de Medicina y lo único que le quita el sueño es la realización de su Centro Total.

En 1945 el Ministerio de Asuntos Exteriores informa a la Academia de la consideración y éxitos en Hispanoamérica de Pío del Rio Hortega y Carlos Jiménez Díaz. La Academia contesta con un lacónico “no es académico” en el primer caso y un “enterado” en el segundo. Desprecio absoluto para ambos. Salvo la Junta Directiva, los académicos no se enteran de cuanto pasa, pero no entienden que Jiménez Díaz no haya entrado en la Academia. Siempre se contesta lo mismo. No hay plaza libre. La presión aumenta y muchos académicos solicitan que la primera vacante se le ofrezca, puesto que es académico electo. En 1953 Enríquez de Salamanca es sustituido en la Presidencia por José Alberto Palanca y Martínez Fortún, lo cual en su momento supone aires de cambio, conllevando un cambio de Estatutos.

Mientras tanto el 31 de mayo de 1955 el entonces Jefe del Estado, General Franco, inaugura el gran sueño de Don Carlos la Clínica Nuestra Señora de la Concepción, su Centro total. Es el aldabonazo final. La Academia no puede seguir dando la espalda a la realidad.

El 17 de agosto de ese año fallece Antonio Vallejo Simón y la Junta Directiva decide finalmente que dicha plaza, aunque no sea de medicina interna, no se convoque y la ocupe Jiménez Díaz. Botella Llusiá, Gil y Gil y Laguna Serrano son los encargados de comunicarle que la vacante era para él. Sigue manifestando sus dudas y a pesar de no valorar en demasía el trabajo que venía haciendo la Academia, su falta de apertura y la ausencia de jóvenes en la discusión, se compromete a presentar el discurso en breve.

Cuando todo parece apaciguado, en marzo de 1956 la Academia Nacional de Medicina otorga el Premio Juan March a Enríquez de Salamanca y no a él, el gran favorito. Esto le supone una gran decepción pues considera que su candidatura avalada por su obra, investigaciones, publicaciones y proyecto presentado y defendida por los académicos de más prestigio científico, es merecedora del premio. Pensaba que con su ingreso definitivo en la Academia al mes siguiente cerraría todos los sinsabores anteriores y la Academia volvería a la naturalidad científica y no de otra índole. Laín en su libro Descargo de conciencia dice: “Por razones no precisamente científicas, la mayoría de la Academia prefirió a Salamanca” (11). Jiménez Díaz, una vez más, confirma cuanto de joven había pensado y que a pesar de haber transcurrido de aquello casi 40 años todo seguía igual. Pero su compromiso con la Academia ya es irreversible. Falta tan solo un mes para su ingreso.

Finalmente, el 17 de abril de 1956 ingresó en la Real Academia Nacional de Medicina con el discurso La disreacción y las enfermedades alérgicas (5), contestándole Carlos Gil y Gil, y ocupando el sillón número 6. Jiménez Díaz no eligió casualmente su discurso de ingreso en la Academia. Trató de reflejar la historia de su vida en lo que había sido una de sus inquietudes científicas principales y que no le abandonaría en toda su vida. Su obsesión por conocer los mecanismos más íntimos de las enfermedades alérgicas (12).

Su interés por ellas nace siendo estudiante. Su atracción por el conocimiento de la anafilaxia le llevó a estudiar en profundidad los mecanismos más complejos en su producción. Ya en 1932 había publicado el libro El asma y las enfermedades alérgicas, contagiando a sus discípulos esta pasión por estas enfermedades. Creó en su Instituto una Policlínica de Enfermedades Alérgicas, un Laboratorio de Inmunología y Alergia y fundó la Sociedad Española de Alergia.

En su discurso asegura el importante papel que juega la predisposición constitucional para sensibilizarse y persistir sensibles. Comienza hablando de la personalidad alérgica, y del papel de la permeabilidad de las mucosas como rasgo heredado, aunque luego deja de pensar en ello y abandona esta tesis, abriendo las puertas de la sensibilización y del asma bacteriano. Basa su discurso en su experiencia sobre 7.628 casos estudiados. No deja nada en el aire, y se trata de un discurso lleno de interrogantes y proyectos para estudios posteriores.

Parte de la consideración del asma como una enfermedad paroxística debida a su juicio a la sensibilización a alérgenos. Sin embargo, expone cómo sus ideas han ido evolucionando sobre la base de su experiencia personal. Analiza, a la luz de los conocimientos en ese momento, determinados aspectos, a la vez que divide el discurso en 6 apartados: 1) El valor de las sensibilizaciones, 2) Asmas alérgicos, versus asma alérgico, 3) La patografía del asma, 4) Alergia y enfermedades del colágeno, 5) Mecanismo íntimo de la alergia. Alergia y disreacción, y 6) Peculiaridades de la persona alérgica.

Con respecto al valor de las sensibilizaciones concluye su carácter adjetivo y cree que no es esencial en la génesis de la disreacción, y no solo en el caso del asma, sino también en la urticaria y la jaqueca. En el segundo punto, parte de que en el 78,6% de los pacientes estudiados no se pudo demostrar ninguna sensibilización. Analiza la posible imperfección de los métodos de estudio y profundiza en el asma extrínseco e intrínseco, contemplando en el segundo caso el asma infeccioso o bacteriano, abriendo la puerta al estudio de si el efecto de la infección es alérgico. Diferencia el asma primario de las reacciones asmoides, hablando de asma primario no alérgico y valorando la existencia previa de un núcleo disreeactivo.

En cuanto a la patografía del asma bronquial, realiza consideraciones fisiopatológicas sobre el ataque asmático, aborda el estudio espirométrico y radiológico, la capacidad funcional o los intervalos libres de síntomas, cada vez menos frecuentes. Refiere el asma infantil y el adulto, con sus peculiaridades, y el valor en su desencadenamiento de los influjos psíquicos, de las infecciones respiratorias y de los cambios meteorológicos. Finalmente describe tres periodos: la fase paroxística, la fase pática y la fase angiomesenquimal.

Aborda a continuación la relación entre alergia y enfermedades del colágeno, defendiendo una estrecha relación entre ambas, basándose en los estudios sobre disglobulinemias y la alergia experimental. Propone que en la fase paroxística existe un nódulo reactivo constitucional, en la fase pática una reiteración de choques y en la fase angiomesenquimal una disproteinemia y aparición de lesiones.

En lo referente al mecanismo de la reacción alérgica da un papel relevante a la liberación de histamina y a otras sustancias. Se detiene en las peculiaridades de la persona disreactiva profundizando en la idea de que hay algo en estos pacientes que está por encima de la sensibilización. Destaca los estudios sobre la persona asmática, refiriendo la susceptibilidad al ambiente, el apoyo de la madre, la reacción anancástica, el egoísmo, la tendencia a imponerse a su medio, y otros aspectos.

Plantea finalmente que no basta ser constitucionalmente disreactivo para tener enfermedades alérgicas, sino que la tendencia se actualice. Su pensamiento final se concreta en que la disreacción forma parte del núcleo constitucional, que, sumadas a agresiones físicas, psíquicas, o choque antígeno anticuerpo dan lugar a la realización, interfiriendo en ello inhibidores y facilitantes. Y finaliza con dos esquemas: 1) La disreacción origina sensibilización que sumada a las agresiones dan lugar a la enfermedad alérgica en sentido estricto, y 2) La disreacción sumada a agresiones físicas o psíquicas origina enfermedad disreactiva.

Un discurso excelente, lleno preguntas, sugerencias y reflexiones, y un modelo para generar ilusión. Gil y Gil en su contestación hace una loa del importante discurso, de lo que significa su trabajo para el avance de estas enfermedades y coincide con él en la importancia que debe darse a las reflexiones de Jiménez Díaz sobre la Academia y los cambios que deberían producirse en ella para recuperar el prestigio tenido antaño.

Don Carlos, tras su ingreso acudió regularmente a la Academia, aunque su vida en ella fue corta debido primero a un extenso infarto de miocardio en 1962, al tremendo accidente de tráfico a principios de enero de 1965 y a su prematuro fallecimiento el 18 de mayo de 1967. A pesar del infarto y del accidente que mermaron profundamente su salud, quedan para el recuerdo sus conferencias en la Academia en 1962 sobre Enfermedades con paraproteinemia (13) y en 1967, tres meses antes de su fallecimiento, sobre Fenómenos funcionales y enfermedad (14)No deja de ser llamativo que, en ésta que fue última conferencia, llamara la atención sobre algo que había sido muy importante en su vida. Resaltó que, aunque en toda ella había puesto especial interés en la objetivación de lo orgánico, había prestado también una gran atención, y su obra lo demuestra, a lo funcional. La jaqueca, el asma bronquial y la hipertensión arterial, como fenómenos funcionales, fueron objeto de estudio en esta su última intervención.

Los años 60 fueron para él por tanto una mezcla de alegrías y sin sabores. Los segundos relacionados con su salud y la de Conchita, su mujer, y los primeros de consolidación de sus éxitos y reconocimientos. En 1960 recibió el Premio March de Ciencias Médicas. Ese mismo año fue nombrado presidente de la Sociedad Internacional de Medicina Interna, en 1961 de la Sociedad Internacional de Alergia y en 1963 se creó la Fundación Jiménez Díaz. En 1964 realizó el concierto con el Instituto Nacional de Previsión que suponía para él la continuidad de su obra y en 1966 recibió la Medalla de Oro del Trabajo, máximo reconocimiento oficial en esos años.

El 17 de octubre de 1967 la Academia celebró la sesión necrológica en su memoria con el discurso de Manuel Bermejillo Martínez, entrañable por su vieja amistad y honorable por el reconocimiento que realiza de su figura y obra. En el turno de palabra intervinieron Valentín Matilla, José Botella Llusiá, Juan Bosch Marín y José Alberto Palanca.

Jiménez Díaz fue una personalidad indiscutible y su gran proyecto vital, un Centro total, una realidad. Ocupó puestos de gran relevancia, su aportación científica fue incuestionable, la obra escrita inmensa, creó una escuela de gran altura, y tuvo el reconocimiento de la sociedad científica y de la sociedad civil.

Como he señalado en otro lugar (3), Don Carlos, estaba dotado de una gran personalidad que produjo en su entorno una fuerte atracción que generó un grupo de colaboradores llenos de ilusión. Su visión de la medicina y la investigación, apartada de lo imperante en España, causó un tremendo entusiasmo en los que le rodeaban y los más lejanos. Trasladó al médico que sin investigación no había esperanzas, hablando de otra medicina y de otra forma de hacerla. Preconizó una medicina científica, pero a la cama del enfermo y aportó a la medicina española un claro rigor intelectual en la exploración y el diagnóstico. Además de todo ello abogó por la necesidad absoluta del trabajo en equipo y de la formación continuada del médico, a la vez que puso de manifiesto una voluntad decidida para conseguir ayuda moral y material de una sociedad con pocas inquietudes científicas. A pesar de todo ello lo más importante de su obra fue sin duda el diseño, creación, organización y desarrollo de la Clínica Nuestra Señora de la Concepción, sin apartarse de la medicina científica con la que soñó. El profesor Serrano Ríos, formado en la Fundación Jiménez Díaz, nos hablará a continuación de las aportaciones de Don Carlos a nuestra medicina.

Quiero acabar este recuerdo al maestro de tantos con unas palabras suyas recogidas en su discurso de ingreso en esta Academia (5): “… Y también hubiera sido deseable, y sin duda fecundo, el análisis de por qué en nuestro país, cuando una escuela ha brotado por el esfuerzo y el estímulo del maestro, su estela ha sido efímera como la de la nave en un océano agitado. Es éste el aspecto de la tradición que no es incompatible, antes bien ayuda indispensable, de una fértil evolución: el recuerdo de los hombres ejemplares y la conservación cuidadosa de sus huellas espirituales facilitando que en sus discípulos no solamente persista su obra, sino que se les depare ocasión de mejorarla”.

Hoy la Real Academia Nacional de Medicina de España le recuerda como una figura excepcional de la medicina española.

Conclusiones

Los avatares de Carlos Jiménez Díaz para ingresar en la Real Academia de Medicina fueron complicados debido a su posición con algunos científicos españoles que habían sido excluidos de la Real Academia, más por razones políticas que académicas. Su carácter eminentemente científico le hizo alejarse de ella y posteriormente cuestiones políticas le alejaron de la Institución. Finalmente ingresó poniendo de manifiesto un gran espíritu crítico y preconizando una medicina cerca de la investigación que no era lo predominante en su tiempo.

Bibliografía

  1. Sánchez Granjel L. Historia de la Real Academia Nacional de Medicina. Real Academia Nacional de Medicina. Madrid. 2006.
  2. Jiménez Casado M. Doctor Jiménez Díaz. Vida y obra. La persecución de un sueño. Fundación Conchita Rábago. Madrid. 1993.
  3. Diaz-Rubio M. 100 Médicos Españoles del siglo XX. Madrid. You & Us. 2000.
  4. Jiménez Díaz C. Predisposición constitucional en medicina interna. An R Acad Nac Med., 1923:43:67-93.
  5. Jiménez Díaz C. La disreacción y las enfermedades alérgicas. Discurso de Ingreso en la Academia Nacional de Medicina. Madrid. 1956.
  6. Jiménez Díaz C. La historia de mi Instituto. Madrid. Editorial Paz Montalvo. 1965.
  7. Sánchez Granjel L. La Academia “años treinta: (Política y medicina) An R Acad Nac Med., 2008;125:79-90.
  8. Sánchez Granjel L. La Academia Nacional de Medicina y la Guerra Civil (1936-1939). An R Acad Nac Med., 2006;123:401-415.
  9. Ara P. Carlos Jiménez Díaz: su lucha. Conferencia pronunciada en Buenos Aires. Citado por M. Jiménez Casado en: Doctor Jiménez Díaz. Vida y obra. La persecución de un sueño. Fundación Conchita Rábago. Madrid. 1993.
  10. Oliva Aldámiz H. Maestros y Dómines. Fundación Jiménez Díaz. Madrid. 1997.
  11. Laín P. Descargo de conciencia. Barcelona. Barral. 1976
  12. Diaz-Rubio M. Discurso de ingreso del profesor Jiménez Díaz. Boletín de la Real Academia Nacional de Medicina. 2014;12:24.
  13. Jiménez Díaz C. Enfermedades con paraproteinemia. An Acad Nac Med., 1962;79:33-73.
  14. Jiménez Díaz C. Fenómenos funcionales y enfermedad. An R Acad Nac Med., 1967;84:175-186.

Declaración de Transparencia

El autor/a de este artículo declara no tener ningún tipo de conflicto de intereses respecto a lo expuesto en la presente revisión.


Si desea ver la conferencia “El profesor Carlos Jiménez Díaz y la Real Academia Nacional de Medicina” pronunciada por su autor puede hacerlo a través de ranm tv en el siguiente enlace ranm tv
Autor para la correspondencia
Manuel Díaz-Rubio García
Real Academia Nacional de Medicina de España
C/ Arrieta, 12 · 28013 Madrid
Tlf.: +34 91 159 47 34 | Email de correspondencia
Anales RANM
Año 2018 · número 135 (02) · páginas 119 a 124
Enviado: 10.04.18
Revisado: 20.04.18
Aceptado: 22.05.18