Año 2018 · Número 135 (02)

Enviado: 12.06.18
Revisado: 22.06.18
Aceptado: 27.07.18

Las mujeres en la Ciencia y en las Academias

Women in Science and the Academies

DOI: 10.32440/ar.2018.135.02.rev11

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Resumen

En la exposición se han escogido algunas de las muchas mujeres que han colaborado y trabajado en la Ciencia a lo largo de los siglos, así como se ha realizado un estudio del número de las que existen, en un momento definido de 2017, en las Reales Academias Nacionales y en las Reales Academias de Medicina de España. Los porcentajes encontrados son extraordinariamente bajos. Por ello, se hace así mismo un estudio de las posibles causas, así como se plantean soluciones, tanto desde el punto de vista social como académico.

Abstract

In this presentation, a few of the many women who have collaborated and worked in Science throughout the centuries have been highlighted, as well as a deeper study of the existing number of women, in a certain moment in time this year 2017, in National Royal Academies , and Royal Academy of Medicine in Spain. Percentages found are extraordinarily low, and therefore possible causes are analysed and solutions are proposed, both from a social and academic point of view.

Palabras clave: Mujeres; Ciencia; Academias.

Keywords: Women; Science; Academies.


INTRODUCCIÓN

El mes de marzo pasado hizo diecinueve años desde mi ingreso en esta Real Academia. Siempre he presentado, como poco, una comunicación referente a la Microbiología, que es la denominación del sillón que ocupo. Y he hablado de bacterias, virus, enfermedades transmisibles, emergentes, etc.

Esta vez, el tema es algo distinto. La idea me la dió (sin saber que la iba a utilizar en reflexionar profundamente sobre el mismo), el profesor Manuel Díaz Rubio. Le oí decir que una de las preguntas que más le habían realizado durante su mandato como Presidente, era el por qué había tan pocas mujeres en la Academia. Hecho que también me ocurrió a mí cuando tuve el honor de presidir la Real Academia de Medicina de Andalucía Oriental. Eso, y la extrema sensibilidad que existe en nuestra sociedad (sensibilidad muchas veces exacerbada, reivindicativa y otras justificada), por lo que se denomina genéricamente “tema de la mujer”, me ha llevado, como decía, a una profunda reflexión.

Todos los que, de alguna manera, hemos realizado investigación, sabemos que, para llevarla a cabo, se necesitan varias cosas: saber qué queremos, conocer lo que ya existió en la historia, conocer los datos actuales, reflexionar, y proponer ideas.

Y eso he hecho. Primero, tratar de saber cómo había sido la relación de la Ciencia y de las mujeres, y segundo, cómo se encontraba dicha relación entre el sexo femenino y las Academias.

LAS MUJERES Y LA CIENCIA

Existe una amplia bibliografía sobre este tema (1,2 y 3), y, por lo tanto, una imposibilidad real de hablar de todas las mujeres. Por ello, voy simplemente a hacer una elección parcial de alguna de ellas, posiblemente algo injusta, con la finalidad de poder conocerlas, saber de su estilo, clase, etc., y poder situarlas mejor en el contexto histórico, geográfico y social. Así mismo resaltaré alguna pincelada del aspecto puramente femenino.

De la antigüedad quiero recordar a María la Judía, cuyo descubrimiento fue importante, sobre todo para los que hemos trabajado en un laboratorio, de lo que se ha llamado el Baño María, y el Negro María (sulfuro de plomo y cobre).

Y a Hipatia (4), bella mujer que vivió en el siglo V d.C., magnífica geómetra (estudio sobre la dimensión de la esfera), matemática, astrónoma, cuyas hipótesis sobre el movimiento de los planetas fueron muchos años después demostradas por Kepler (canon astronómico), y por supuesto, gran intelectual. Fue asesinada por motivos político-religiosos. Su nombre aún permanece, sobre todo después del reconocimiento del gran Rafael, pintando algo similar a lo que son nuestras Academias, la Escuela de Atenas, cuadro en el que quiso reflejar la imagen de todos los intelectuales de la antigüedad, centrado, por supuesto, por Aristóteles y Platón, pero que reunía todos los grandes hombres de las ciencias, las artes y la filosofía. En él, también aparece la que pudiera ser (y así se considera), la única mujer, Hipatia, como una figura exquisitamente femenina, con túnica blanca y largo pelo rubio. Creemos que es un gran reconocimiento, quizá el primero, a una mujer entre un grupo numeroso de intelectuales varones.

Y llegamos a la oscura y lóbrega Edad Media. En ella destacó una niña (1098-1179), Hildegard von Bingen que, con muy pocos años, fue donada a la Iglesia por unos padres con once hijos, y encerrada en un convento, donde permaneció toda la vida. Fue abadesa de un Monasterio creado por ella, pintora, compositora, poeta y filósofa. Invento un idioma, “la lengua ignota”, con un alfabeto propio, varios siglos antes de que el oftalmólogo polaco Luis Lázaro Zamenhof creara el esperanto. Sus incursiones en el campo médico se vieron plasmadas en dos libros: “Sobre la Medicina simple” y la “Medicina compuesta”. En este momento es considerada como la primera sexóloga de la Historia, ya que afirmaba que el placer era cosa de dos, y que la mujer también era capaz de sentirlo. Sus descripciones del orgasmo femenino son magníficas, pero resultan, como poco, curiosas en una mujer de su época, y además, monja. Quizá por ello, es un mito del actual grupo de los LGTBI (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales), posiblemente por su supuesta homosexualidad. Fue considerada Santa, y en 2012, Benedicto XVI, la nombró Doctora de la Iglesia.

En el siglo de las luces predominaron la razón y la ciencia, y hubo un resurgimiento y mayor desarrollo de todos los aspectos intelectuales. En ellos destacó Emily Breuteil (1706-1749), típica mujer de la época. Hermosa, resplandeciente, luminosa, hablaba varios idiomas ya desde muy pequeña (primer hecho necesario si se quería leer a los clásicos) y perteneció a la nobleza, ya que fue marquesa de Châtelet. Ello le permitió abrir sus salones a las mentes más preclaras de la época (Voltaire, Montesquieu, Rousseau) y colaborar ella misma mediante libros como la Gramática razonada, o el pronunciamiento de diversos discursos, como el dedicado a la Felicidad. Fue una gran traductora de Leibnitz e introdujo en Francia las ideas de Newton sobre los principios matemáticos de la filosofía natural. Como pincelada femenina, diremos que fue amante de Voltaire, lo que demuestra que, además de su belleza física, debía de tener poca glía y varias neuronas perfectamente conectadas.

Laura Bassi (1711-1778) se casó con un médico (en ese momento la mayoría de las mujeres que destacaron intelectualmente lo hicieron al lado de un hombre, padre, marido, hermano, maestro, etc, que la ayudó y estimuló en su formación). Es quizá la más similar a alguna de las mujeres de nuestra época. Primera Catedrática de Física, perteneció a la Academia de Ciencias, y escribió un libro sobre la “Compresión del aire”. A pesar de todo esto, y su claro reconocimiento social, cada vez que quería llevar a cabo algún tipo de conferencia pública, fuera del ámbito puramente académico, debía de pedir permiso a un organismo que pudiéramos considerar similar a nuestro Senado. Tuvo doce hijos, hecho más o menos normal en la época, pero es evidente que llevó a la práctica el concepto que parece que acabamos de descubrir de conciliación familiar y laboral.

Ada Byron (1815-1852). Mujer típica también de su entorno social y cronológico, fue la única hija legítima del gran poeta inglés. Colaboró con Babbage en la creación de dos máquinas, la diferencial y la analítica, que podemos considerar como los ancestros de nuestros ordenadores, Así mismo, idearon varios lenguajes de programación, no sólo de tipo teórico, sino con claras aplicaciones militares, industriales y civiles. Pero que no pudo publicar con su nombre, necesitando hacerlo a través de un pseudónimo: AAL. En este momento, se considera a ambos pioneros de la moderna informática.

Marie Curie, cuyas fotografías demuestran su personalidad seria, severa, austera, vestida de oscuro, de mirada triste, posiblemente debido a su enfermedad, pero, eso sí, casi siempre en su laboratorio. Tengo muchos datos sobre Marie, pero debido a la magnífica idea de esta Academia de realizar una sesión única y exclusivamente dedicada a ella, voy a omitir la mayoría. Simplemente reseñaré el aspecto científico, plasmado en dos Premios Nobel: uno de Física en 1903 con su marido Pierre, y otro, sola, cuando éste ya había fallecido, de Química. Sus relaciones con la Academia de Francia no fueron las que ella se merecía, ya que fue rechazada, posiblemente de forma injusta, por unas relaciones afectivas con Pierre Langevin. Posteriormente fue aceptada, como debería de haberse hecho desde el principio, debido a sus grandes descubrimientos científicos y su repercusión internacional. Desde el punto de vista femenino, me gustaría destacar un hecho que siempre me inspiró una inmensa ternura, quizá porque me trae grandes recuerdos: Cuando estaba escribiendo su Tesis, con su pié derecho movía la cuna donde dormía su hija Irene. Tampoco debemos olvidar que, pasados varios años, esa niña también recibió el Nobel de Química, junto con su marido, Joliot.

Lisa Meitner (1878-1968). Fue, junto con Rosalind Franklin, una de las mujeres que he llamado “relegadas” u “olvidadas”, a pesar de su ingente labor científica. De origen judío, tuvo serios problemas, teniendo que exiliarse. Fue una gran intelectual (siempre pienso que no basta con ser buenas profesionales, sino que, además, debemos ser buenos intelectuales), participando, por ejemplo, en las veladas sociales organizadas por Max Planck, en las que Joachim y Einstein tocaban el violín. Pero además, fue una magnífica científica. Trabajó con Otto Hann en la fisión del átomo y descubrió el protoactinio. Pero el Premio Nobel sólo se le concedió a Otto, coincidiendo con uno de sus exilios. Sin embargo, Einstein habló de ella como “nuestra Marie Curie”, y reconoció que había sido la segunda mujer más importante en Física. De hecho en 1994, la UIQA dio su nombre, “meitnerio”, a un nuevo elemento, el 109.

Rosalind Franklin (1920-1958), Magnífica cristalógrafa, fotografió por primera vez el ADN, con su cruz central, arcos, etc., abriendo una gran puerta a los posteriores descubrimientos de Watson y Crick, que recibieron el Premio Nobel en 1962. Por supuesto, ella ya había fallecido, pero siempre echo de menos una referencia, una nota, algo, que recordara el trabajo de Rosalind. Fotografió igualmente, la estructura del virus del mosaico del tabaco.

Françoise Barré Sinoussi. Esta típica francesa, alegre, vivaracha, de pelo corto y aretes en las orejas, se fotografió, orgullosa, delante de su lugar de trabajo, el Instituto Pasteur. Fue la verdadera descubridora, junto con Luc Montaigner, del VIH, cuando estaba estudiando las adenopatías de un enfermo de SIDA. Como estaban seguros que era un virus perteneciente a los HTLV, las muestras fueron enviadas a un especialista en dichos retrovirus, el estadounidense Robert Gallo. Este se autoproclamó el único descubridor del virus, comenzando de esa manera una controversia científica, por supuesto, con un trasfondo económico. El tema acabó, cuando, con fecha 2008 Barré Sinoussi y Montaigner recibieron el Nobel por su descubrimiento del agente responsable del SIDA.

Elizabeth Blackburn (1948- ), Magnífica científica, totalmente actual, sus trabajos tuvieron por objeto la telomerasa, recibiendo el Nobel el año 2009. Pero, mujer al fin y al cabo, cuando fue entrevistada por un periodista poco avezado sobre “¿Qué había sido más importante en su vida, el nacimiento de su hijo o el haber recibido el Nobel?”, ella respondió llena de sensatez “Mire, la vida es como las mareas. Tiene sus pleamares y bajamares”, dando a entender que son hechos totalmente diferentes, pero no sólo admirables, sino perfectamente compatibles, Magnífica respuesta a una pregunta estúpida.

Y terminamos con Rita Levi, (1909-2012) de origen sefardí, que tuvo que dejar su trabajo en la Universidad de Turín como consecuencia del decreto de Mussolini sobre la pureza de la raza, pero que continuó en diferentes laboratorios de otros países. Se convirtió en una gran dama de la ciencia, que también recibió el Nobel por sus trabajos sobre los factores de crecimiento nervioso en 1986, y cuyas ideas siguen totalmente actuales. Afirmaba que la jubilación estaba destruyendo cerebros. Decía: “El cuerpo se me arruga, pero no el cerebro, porque lo mantengo activo, ilusionado y en funcionamiento”. Sobre la diferencia entre la mujer y el hombre en el cerebro, afirmaba: “En la mujer la diferencia de funciones está relacionada con las emociones vinculadas al sistema endocrino, pero no existen diferencias en el sistema cognitivo”. Y a la pregunta realizada, nuevamente por un periodista poco avezado, sobre qué haría si tuviera veinte años menos, ella, todo candor, contestó; “Pero si ya lo estoy haciendo”. Nuevamente magnífica respuesta a una pregunta estúpida.

Es decir, que sí ha habido mujeres que hayan trabajado en Ciencia, o colaborado con la Ciencia, A pesar de los condicionamientos cronológicos y sociales. Para completar nuestro estudio, sobre todo de las épocas más recientes, he recogido el número de mujeres que han recibido el Premio Nobel desde su comienzo en 1901 hasta la actualidad. Si tenemos en cuenta todas las materias por las que se puede recibir el preciado galardón, el porcentaje es extraordinariamente bajo, 5,8 (844 hombres y 49 mujeres). Algo más elevada es la participación en el área de las Ciencias, con 12 mujeres en Medicina/Fisiología, 4 en Química y 2 en Física.

LAS MUJERES en las academias

El segundo apartado de nuestra exposición consiste en saber cómo se encuentra representada la mujer en las Academias. Para ello hemos utilizado el Anuario 2017 del Instituto de España (5), y el Anuario, del mismo año, de la Real Academia Nacional de Medicina (6). No hemos podido disponer de los Anuarios de 2018 por lo que posiblemente haya algún pequeño cambio en los porcentajes encontrados, aunque no creo que se alteren mucho los resultados. Hemos escogido como ejemplo puntual todas las Academia Nacionales y las Academias de Medicina Asociadas de nuestro país.

En la tabla número 1 se observa una gran diferencia entre el número de Académicos, hombres y mujeres, en todas las Corporaciones y, por supuesto, en el porcentaje de éstas últimas. Algunos resultados eran esperados, como Farmacia (siempre hubo más mujeres en las Facultades de Farmacia), pero llama la atención, por el contrario, el bajo porcentaje en Jurisprudencia. Sobre todo, si se tiene en cuenta que actualmente, el número de jueces, fiscales, notarios y registradores cuenta con un elevado número de mujeres. En total, un 10,2 % lo consideramos bajo. En relación a la posibilidad de ocupación de cargos directivos, también es bajo, existiendo, en ese momento sólo una mujer Directora.

Tabla 1.Porcentaje de mujeres en Academias Nacionales. 2017. M mujeres, T total de numerarios, D mujeres con cargos directivos

En la tabla número 2 aparecen los resultados del porcentaje de mujeres en las Academias de Medicina Asociadas, y de forma global, también presentan cifras muy bajas, incluso más que en las nacionales (7,6%). En dos de ellas, Sevilla y País Vasco, sin la presencia de ninguna mujer, aunque existen dos Académicas electas, que posiblemente hayan ingresado ya. Igualmente son escasísimos los cargos directivos.

Tabla 2.Porcentaje de mujeres en Academias de Medicina españolas. 2017. M mujeres, T Total de Numerarios, D mujeres con cargos directivos. * Una Académica electa.

REFLEXIONES

Ante todos estos datos, es evidente que la mujer ha tenido serios condicionamientos para desarrollarse intelectualmente.

Ya Darwin, es su libro sobre El origen de las especies, afirmaba que “sólo los hombres, que eran los que empleaban útiles para cazar, habían evolucionado, mientras que las mujeres se habían especializado en buscar hombres fuertes e inteligentes”. Y reafirmaba: “teoría científica que explica perfecta y de forma sistemática el orden existente”.

Esta ha sido la idea generalizada a lo largo de los tiempos, y prácticamente la de casi todos los varones intelectuales (con mayor motivo, aquellos que pudiéramos llamar del pueblo llano). Así como, por ejemplo, el padre de nuestra civilización clásica, Aristóteles, afirmaba que “la mujer sólo es un hombre deforme”, Y Kant, el célebre filósofo, amante de la razón y la verdad, decía: “A una mujer que haga Física, sólo le falta la barba”. Por lo menos, admitía que podía hacer Física.

Para contrarrestar estos conceptos, citaré los de dos mujeres. Una, Marie Curie, que se indignaba ante “el abuso de postergar a la mitad del género humano”. Yo diría el desperdicio. Y el más moderno, de la gran pintora mejicana, Frida Kahlo, en la que ya se entreven los conceptos de libertad y autonomía: “ Soy una mujer que, si quiero la luna, la bajo yo solita”.

Y comienzan a aparecer las preguntas ¿Esto fue siempre así y no hubo ningún tipo de respuesta? Por supuesto que sí. De hecho, la Francia de vanguardia planteó lo que llamaron “la querelle de femmes”, en la que se cuestionaba si era conveniente que estudiaran las mujeres. Pero ante esa pregunta, nuevamente algunos varones intelectuales respondieron ridiculizando ese deseo de saber. Por ejemplo, Molière escribió, de hecho, dos obras sobre este tema: “Las mujeres sabias” y “Las preciosas ridículas”.Y en nuestro siglo de oro, el gran Quevedo, ante el aumento de personas que deseaban aprender latín, refiriéndose principalmente a las mujeres, escribió “La culta latiniparda”.

Es decir, siempre fue difícil formarse intelectual y laboralmente, y, por lo tanto desempeñar cargos de responsabilidad. Pero, además, también fue necesario avanzar más rápido que el tiempo.

En el caso de las Academias el problema ha sido aún más complejo, ya que se necesitan tres tipos de formación: en docencia (donde se juzgan publicaciones y años de dedicación), en asistencia clínica (donde se juzgan conocimientos y experiencia), y en investigación (donde se juzgan grupos, métodos, ideas, etc.). Pero además, se necesita elegancia espiritual, educación, cortesía, mente y espíritu abiertos, etc. En resumen, clase humana y científica.

POSIBLES SOLUCIONES

Quiero hacer hincapié en que siempre hablamos desde el punto de vista intelectual puro, científico puro, sin entrar en otros aspectos reivindicativos globales, que no se encuentran en el ámbito de esta exposición.

Soluciones aportadas por la sociedad

Entre otras, y de forma preferente, han sido de dos tipos, una de carácter político (concepto de cuotas) y otra de carácter social (concepto de empoderamiento).

Las cuotas se han tratado de imponer, incluso en las Academias, y su forma ha variado mediante la utilización de nuevos vocablos lingüísticos, cambios gramaticales, etc. Pienso que en aspectos intelectuales se deben de tener en cuenta sólo los parámetros científicos, y no se deben forzar igualaciones simplemente numéricas. Creo que no se debe confundir el concepto de excelencia con el de género. Es cierto que sería muy conveniente que caminaran de la mano, de forma conjunta, Pero nunca considerarlas intercambiables.

El concepto de empoderamiento comenzó en el año 1960, con Paulo Freire como empowerman, sin ningún carácter especial de género. Su filosofía se encontraba en el enfoque de educación popular, y se consideraba como un proceso en el que se aumentaba la fortaleza espiritual de los individuos en las comunidades, en temas tales como la política diaria, así como la confianza en la propia capacidad del individuo. En realidad, abarcaría desde la sociología y filosofía, hasta la industria editorial y comercial, o las ciencias de la motivación. En 1985 Down amplió las ideas y consideró el concepto como empoderamiento femenino, Pero fue en 1995, en la Conferencia Mundial de la Mujer, celebrada en Pekín, donde se fijaron las bases de dicho concepto, en el que predominaba el de autonomía. Se afirmó la necesidad de saber hacer (conocimientos, habilidades, destrezas, etc.); querer hacer (motivación y autoestima); y, por supuesto la necesidad de disponer de recursos económicos. Es decir, se sentaban unos principios totalmente lógicos y asumibles. El único problema que se puede plantear se encuentra, pienso, en el propio concepto de “poder”. Sobre todo si se confunde la palabra con la posibilidad de dominio sobre algo o alguien, y si se puede radicalizar. En cualquiera de los casos, no nos engañemos. El hecho está ahí, y conozco muchos grupos de mujeres sensatas e intelectuales que aceptan sus bases, si éstas se encuentran dentro de la moderación que proporciona la inteligencia.

Soluciones aportadas de forma individual

Creo que todas las mujeres pueden llevar a cabo de forma independiente, con la palabra e incluso con el ejemplo, acciones capaces de mejorar la situación de otras mujeres, Traigo ideas de Virginia Woolf, escritora inglesa perteneciente al famoso grupo de Bloomsbury (en el que se encontraban, entre otros, Gerald Brenan y el filósofo Bertrand Russel). Esta mujer, bipolar, depresiva, se suicidó “dejándose ahogar”, (como lo hizo Alfonsina Storni), metiéndose piedras en los bolsillos mientras se introducía lentamente en el río Ouse. Escribió un pequeño libro llamado “Una habitación propia” (7), en el que cuenta cómo sus alumnas le preguntaban qué debía hacer una mujer para escribir novelas. Y ella contestaba de forma simple: Tener independencia económica (que es fácil entender) y personal (ella lo describía como una habitación íntima, recóndita, en la cual la mujer se pudiera retirar, a sentirse ella misma, pensar y, por supuesto, estudiar). Algo similar me preguntaron varias veces mis jóvenes alumnas de Medicina: ¿Qué debe de hacer una mujer médico para poder subir los peldaños que, según ellas, yo iba subiendo? Y les contestaba igual que Virginia Woolf, pero además, tener la inteligencia capaz de escoger una pareja sentimental en la cual, además del aspecto amoroso, afectivo, totalmente necesario para conservar la estructura de la misma, mantenga un respeto mutuo y una afinidad de ideas, a ser posible profesionales, pero, desde luego, intelectuales.

Posible actuación de las Academias

Ante este dilema, se nos plantean dos tipos de preguntas: ¿Qué se debe hacer? ¿Qué se puede hacer?.

Lo primero que quiero decir, es que no me considero la persona más adecuada, o al menos, la única capaz de opinar de forma taxativa. Y desde luego, no creo que todo dependa de actuaciones fáciles y sencillas. De hecho, sólo me considero capaz de transmitir algunas reflexiones que no son reivindicativas (sobre todo si son radicales) y que, por supuesto, no son tampoco una crítica negativa. Son fruto de una extensa experiencia de participación académica, que, como dije al principio, además de pertenecer a esta Real Academia, también me ha permitido ejercer en la de Andalucía Oriental y en otras tres más, en dos como Académica de Honor. Pero, por encima de todo, son consecuencia de dos hechos: amor por las Academias, y el ser fiel a dos referentes, uno de ellos el profesor Marañón, que afirmaba: “Yo tengo un amor bien demostrado a la vida académica, y el amor, en lo humano, se funda siempre en la crítica del objeto amado, que desearíamos no tuviera defectos”. Pero también el del profesor Salustiano del Campo, que fue muchos años Presidente del Instituto de España, y que aseguraba: “Lo que busca la Academia no es el simple incremento de la presencia femenina, sino el reforzamiento del carácter intelectual de la misma”.

Cuando yo era pequeña, en mi colegio me enseñaron que leer no era juntar letras o sílabas. Que era algo mucho más profundo. Exactamente lo mismo que mirar no es lo mismo que ver. La mirada puede ser amplia, extensa si se quiere, ilimitada, pero también puede ser superficial. Creo que ambas ideas conducen a ser capaces de captar, entender, conocer y, en definitiva, buscar.

Buscar es una palabra mágica. “Aunque posiblemente nunca encuentre, mientras pueda, seguiré buscando”, afirmaba Saramago, Y eso es lo que creo que deben de hacer las Academias. Buscar sin descanso para procurar mejorar sus Corporaciones y, por lo tanto, llegar a adquirir la excelencia científica y humana.

Pero esto sólo se puede llevar a cabo si nos mantenemos lejos de toda una serie de condicionamientos: geográficos, que nos permitan no sólo mirar alrededor, en nuestro entorno más próximo, sino aquello que se puede encontrar más lejos, que nos ayude a mantener la mente abierta y el espíritu abierto; profesionales, que nos permitan buscar no sólo en nuestra Universidad, nuestro Hospital, o incluso, a pensar sólo en nuestras especialidades, porque puede ser que haya algunas otras necesarias, aunque parezcan entrar en competición; afectivas, para que no sólo conozcamos o reconozcamos como buenos a nuestros amigos, sin darnos cuenta que las Academias, en este caso las de Medicina, no son un club de amigos (aunque de hecho lo seamos), sino un conjunto de científicos que buscan lo mejor para sus pacientes; y por último, condicionamientos de género. Realmente en estos años no he conocido ningún caso de diferenciación por sexo. Por otra parte, si conseguimos prescindir de todos los mencionados condicionamientos, evitaremos caer en algo que ha ocurrido en alguna de nuestras Universidades, que es la endogamia. Y, verdaderamente en eso sí soy más taxativa, porque la diferencia por género sólo puede llevar a la misma endogamia.

El principio de mi exposición lo hice volviendo los ojos a la historia. Para terminar, quiero volverlos al presente, pero, sobre todo, a los libros. No a los de texto, ni a los de nuestras especialidades, sino a los libros clásicos, de siempre. A esos pequeños seres inanimados que están situados al borde del camino, de la senda de nuestra vida, y que son como espejos capaces de reflejar no sólo la nuestra, sino toda la vida que transcurre delante de ellos. Y ¿por qué? Porque pretendo encontrar alguno que sea capaz de pincelar, y, a ser posible, de sintetizar estas reflexiones. Y lo encontré en un pequeño libro denominado “Hojas de hierba” (8) del escritor estadounidense Walt Whitman, persona de una extrema sensibilidad hacia las mujeres. Dice Whitman: “Soy el poeta que canta a la mujer igual que al hombre. Y digo que es tan grande ser mujer como ser hombre. Y digo que no hay nada más grande que la madre de los hombres”.

Creo que son unas bellas ideas, unas hermosas ideas. Con ellas quiero ver reflejado el deseo de todos nosotros sobre nuestros cromosomas, Tanto valen los XX como los XY, porque ambos modelan nuestras neuronas, pero también nuestras hormonas.

Y, desde luego, han sido capaces, como decía, de sintetizar todas las reflexiones que acabo de traer esta tarde para esta Academia.

Conclusiones

A lo largo de la Historia, la mujer ha tenido muchos problemas para formarse intelectualmente y, por lo tanto, para ocupar cargos de responsabilidad en la sociedad. Pero siempre ha colaborado con la Ciencia, desde Hipatia en la antigüedad, hasta Marie Curie. Incluso en los momentos actuales, con mujeres que investigan y que han recibido Premios Nobel. Algo similar ha sido su incorporación a las Academias, todavía con un número muy bajo, pero con la clara concienciación de la necesidad de su incremento. Se hace patente el reconocimiento del papel de la mujer en ambos campos.

Bibliografía

  1. Casado Ruiz de Loizaga MJ. Las damas del laboratorio. Barcelona: Random House Mondadori; 2006.
  2. L’Oreal-UNESCO for Woman in Science. La mujer en el mundo Académico. Gaez; 1995.
  3. Santesmases MJ. La otra mitad de la Ciencia. Madrid: Instituto de la Mujer; 2001.
  4. Kingsley CH. Hipatia de Alejandría. Barcelona: Edhasa; 2001.
  5. Instituto de España. Madrid. Anuario 2017.
  6. Real Academia Nacional de Medicina (España). Madrid. Anuario 2017.
  7. Woolf V. Una habitación propia. Barcelona: Planeta; 2018.
  8. Whitman W. Hojas de hierba. Barcelona: Comunicación; 1984.

Declaración de Transparencia

El autor/a de este artículo declara no tener ningún tipo de conflicto de intereses respecto a lo expuesto en la presente revisión.


Si desea ver la conferencia “Las mujeres en la Ciencia y en las Academias” pronunciada por su autor puede hacerlo a través de ranm tv en el siguiente enlace ranm tv
Autor para la correspondencia
María del Carmen Maroto Vela
Real Academia Nacional de Medicina de España
C/ Arrieta, 12 · 28013 Madrid
Tlf.: +34 91 159 47 34 | Email de correspondencia
Anales RANM
Año 2018 · número 135 (02) · páginas 178 a 183
Enviado: 12.06.18
Revisado: 22.06.18
Aceptado: 27.07.18